En los bares de Santiago de Compostela existe la broma de hacerme ver, creo que a mi tan solo, que es posible obtener sexo.
La historia quizás empezó con Rita en el “Gramola.” Me gustaba. El tipo de la barba, no me acuerdo ahora de su nombre, un nombre inglés en diminutivo, eso, “Rober,” me dijo que, cuando acabara su relación con ella se dispondría a pasármela, para tener “una relación larga,” como lo que yo buscaba. Yo no buscaba, no obstante, una relación larga con Rita. Ningún tipo de relación, en realidad.
La historia se repitió en el “Kristal,” donde hicieron lo posible por convencerme de que la camarera cubana, Antonia, se prostituía al acabar la jornada. El “manager” también hizo amago de “pasármela,” los chicos de las terrazas asistían al espectáculo.
En la “Muralla,” el encargado me ofreció a “Mimi,” no habría que pagarle mucho y la chica estaría encantada, se vendría muy honrada con alguien “interesante y culto” como era yo.
Me salto bares. En el “Rías Baixas,” ya es el cuarto, me salto un par, apoyadas por la clientela de fascistas viejos, también hicieron el teatro de que el restaurante encubría, o se complementaba con, la posibilidad de encuentros.
Nerea, del “Bendaña,” añadió una variante gritando, desesperada, que el dueño la sometía a abusos.
Todo viene de lejos. Muchos años antes, en un bar pretendidamente punk de la zona vieja, hacían correr el bulo de que la camarera se desnudaba poco antes de la hora del cierre.
Y aún antes, en Granada, recuerdo que un hotel en que me alojé, jugaba a ser un “porno-hotel.”
Se hace pesado. Evito ir a todos esos sitios. Me refugio en un restaurante chino que siempre está vacío, y en el que son corteses. Creo entender que los sitios gestionados por inmigrantes chinos son más tranquilos.
A esto se le dio un nombre en internet a principios del milenio: “Street theatre.” Pantomimas callejeras. Teatro de calle.
Lo mismo, como forma de acoso grupal
The phenomenology of Group Stalking (Gang -Stalking). A Content Analysis of Subjective Experiences
