En “Las partículas elementales” Michel Houellebecq narra la historia de dos hermanastros. No recuerdo ahora sus nombres. Uno de ellos está dedicado a la ciencia, a algo que el narrador denomina “biología cuántica,” un estudio en profundidad de la estructura del ADN y su relación con la muerte. El otro es un profesor de secundaria. Este esta obsesionado por el sexo.
Cada uno de los dos, a Houellebecq le gustan las simetrías, encuentra una mujer. En ambos casos, alguien que ya ha formado parte en el pasado de sus vidas.
El profesor obsesionado por el sexo y su pareja se consagran a experimentar sexo en el mayor número de formas. Discotecas con cuartos para relaciones múltiples, clubs de vacaciones nudistas donde hay áreas reservadas en la playa para el sexo en grupo. Nunca hay violencia. Siempre se trata de relaciones consentidas. En el transcurso de uno de los encuentros, la mujer profiere un grito de dolor. Se encienden las luces. Acude una ambulancia. Una dolencia que arrastraba de antiguo, la necrosis de una vértebra, la confina a una silla de ruedas. El hombre se hace el ofrecimiento de cuidarla, pero tarda demasiado. Ella vuelve a su apartamento en una ciudad que no es Paris y aparece un día frente a los buzones del edificio, la silla volcada, desmadejada al inicio de las escaleras.
El hermano profesor acaba cometiendo un estupido, inocuo, acto de abuso con una alumna de bachillerato de Ghana, la muchacha se limita a reírse y marcharse del aula en la que habían quedado los dos, cerrando la puerta, él es dado de baja y termina sus días internados en un hospital psiquiátrico. Solo sale para, acompañado de su hermano, visitar el lecho de muerte de su madre en Niza, en una destartalada comunidad hippie. Insulta a todos y aprovecha el día siguiente al entierro, aún le quedan veinticuatro horas de permiso, para visitar los burdeles de la ciudad.
La otra mujer, una novia de juventud del hermanastro científico, muere también. La muerte es una constante en las novelas de Houellebecq, que cultiva un género que alguien ha calificado como “realismo depresivo.” Nada ocurre, hasta que un día todo se tuerce. Esta vez se trata de un cáncer de utero. Acababa de quedar embarazada. Sufre una histerictomia. Se consume con lentitud y, cuando es trasladada a la casa familiar, se suicida una noche bebiendo un tazón de leche tibia y tranquilizantes.
El biólogo, la historia se cuenta en visión retrospectiva, como si recogiera datos de un biógrafo y divulgador de sus teorías, se traslada a Irlanda, donde un centro de estudios alberga procesadores lo suficientemente potentes para los análisis de estructura molecular en los que está embarcado. Realizados estos, desaparece. Alguien sugiere que pudo haber viajado al Tíbet, para poner en relación sus teorías con las creencias budistas, pero no hay indicios de que haya adquirido nunca un pasaje. Su cuerpo tampoco es encontrado nunca.
Un epílogo revela que esos estudios biológicos han puesto en evidencia la relación entre la reproducción sexual y la muerte. A partir de ellos, la humanidad ha entrado en una nueva fase. El sexo subsiste, pero la especie se multiplica al margen de el y consta de clones iguales, inmortales y dichosos. En algunos reductos aún habitan hombres que dan testimonio de la etapa anterior, pero se extinguen sin ruido.
