El tipo paseaba por la villa más próxima, 15 kilómetros, a la aldea. Era verano, el día estaba nublado. No había mucho que hacer en la villa, pero las calles con aceras, los edificios de tres o cuatro pisos que las bordeaban, los escuetos pero bien intencionados escaparates de las tiendas, conseguían producir un espejismo de lo urbano en que respiraba a gusto. La aldea con sus sinuosos caminos cementados, la ininterrumpida posibilidad de encontrarse con algún vecino virtuoso o suspicaz, la única, destartalada, taberna le hacía sentirse agobiado. Es curioso cómo la virtud medra en las aldeas. El paseo ocurría en el año 2005. El socialista Emilio Pérez Touriño acababa de ganar las elecciones autonómicas gallegas en coalición con el Bloque Nacionalista Gallego, encabezado por el enfermero Anxo Quintana, con buena prensa por su gestión como alcalde de Allariz, algo en lo que, leo en la Wikipedia, continuaba una tradición familiar, porque su abuelo materno había sido alcalde liberal de ese mismo municipio en la II República. Querría saber algo de la II República, pero es imposible abarcarlo todo. Por lo demás hay gente que lo sabe. El año 2005. En general sorprendía que luciese el sol todas las mañanas, lo mismo que con Manuel Fraga. Don Manuel al que, según el socialista Felipe Gonzalez Marquez, le cabía todo el estado en la cabeza. Dificil saber si una alusión fisionómica o un elogio. Con probabilidad las dos cosas. El tipo en 2005. Era joven, 47 años. La gata que compró esa mañana vivió 17 años, es decir que lo acompañó hasta su vejez, los 64. La primera vez que la vió, en el escaparate de la tienda de animales el animal dormía, una manta de pelo largo, una forma sin definición. El tipo entró y preguntó al dueño qué era eso, algo que parecía salir de un cuento de Philip K. Dick. El dueño contestó que un gato Persa. El animal era dulce, infantilmente marrullero, incluso parecía entrenado. Cuando lo mirabas desde el otro lado de cristal, comía del cuenco metálico con delicadeza, pero masticando con claridad, parecía querer decir que con él, con ella, no habría problemas al respecto. El tipo finalmente la compró, no fue cara. No tenía pedigree, el pelaje también era un poco extraño, largo, sí, pero demasiado fino, como si a cada uno de los pelos que lo integraban le faltase calibre. Pero era gris. Al tipo siempre le habían producido admirada perplejidad los gatos grises.
Pasaron un verano feliz la gata y él en la casa de la aldea. A ella le gustaba dormir, subirse al sofá azul. El tipo intentó enseñarla a dormir sobre la alfombra, en el suelo. Fue imposible. La gata lo miraba como si estuviera loco. Por el color, la bautizó “Fume,” la palabra en lengua vernácula para el “humo.” “Smoke,” le gustaba traducir. Alguna noche de particular euforia la acunaba en brazos cantando una canción de Cat Stevens, Cat, “el gato” Stevens, que se le antojaba que ocultaba un juego de palabras: “The First Cut is the Deepest,” la primera herida, el primer gato, es el más profundo.
Había leido en internet que lo conveniente era esterilizarla antes del primer celo y que el primer celo en esa raza ocurría sobre los 8 meses. A raíz de eso penetró en su relación la carcoma, el virus que habría de destruirla. Una de las características de Fume, tenía pocas, esta era quizás la más destacada, era que se consideraba a sí misma intimamente ligada a la naturaleza, el tipo, su dueño era a sus ojos un especimen torpe, en alguna medida defectuoso, incorregible, incomprensiblemente miope, ella misma un avatar de la especie de los félidos, su sangre entroncaba con la de estos. Y su sueño era tener descendencia, seguir produciendo félidos. Creced y multiplicaros. Al tipo se le pasó el arroz. La mañana de la tarde en que finalmente la llevó al veterinario, lo recuerda con amargura, la gata estaba estaba especialmente cariñosa durante sus paseos por la encimera en la cocina. Él luego se obsesionó con que a Fume esa mañana le había empezado su primer celo. No sólo eso. Él siente que está en conexión telepática con gente que se burla de él, lo quiere mal, ansía, se divierte, provocándole pequeñas desgracias y, entre ellas, castrar a su gata la tarde de su primera mañana de celo. Fume volvió de la operación adormilada. Como era limpia y disciplinada, se las arregló para recorrer el interminable pasillo y usar como siempre el arenero. Al volver tuvo un rictus de dolor, se le contrajeron los ojos, tenía unos ojos muy grandes, un poco como los de una lechuza, algún animal concebido para ver en la oscuridad, es difícil saber si entre animales y humanos existe la transmisión de pensamiento o, en todo caso, cómo es la comunicación entre ambos, el tipo recuerdó luego siempre que en ese viaje de vuelta de su arenero, cuando Fume tuvo ese rictus de dolor, tenía esa tripa que almacena grasa que tienen los gatos, se le bamboleaba un poco al andar, y se le contrajeron los ojos, fue como si dijera “¿Qué me habeis hecho?”
17 años en los que Fume vivió entre la nostalgia de una maternidad imposible y el rencor, rehuyendo toda muestra de afecto. J.M. Coetzee dice en algun sitio que los animales castrados sobreviven, pero envueltos en una indefinible tristeza.
Fume murió hace unos meses. He hecho los trámites en el refugio municipal para adoptar otro gato. Mi primera opción se llamaba “Wonderful,” su mirada en la foto me recordaba a Fume, me han dicho hoy que era inviable, un animal hosco, que no se dejaba coger, buscaba refugio en cualquier recoveco posible, y con problemas en la boca, una dolencia de encias. La persona que me atendió me recomendó a Jordan. Él lo tiene en acogida. Dice que tiene buen caracter, es juguetón. Y guapo. Lo que pasa es que Jordan es tuerto. Mañana he quedado en ir a ver a Jordan. He comprado un transportin flexible de color turquesa, un arenero con techo blanco y negro, cuencos de pocelana para comer y beber. Me temo que adoptaré a Jordan.
