Influencias sutiles

Nunca he tenido interés por lo esotérico, ni siquiera entiendo el término. Sí he tenido curiosidad por lo que David Cooper denominaba “microrelaciones,” los intercambios no articulados o apenas articulados que ocurren en la interacción entre las personas. Hoy, ayer, por la tarde, pasé canturreando por la plaza del Obradoiro camino a la tienda Movistar de República Argentina, mi wifi llevaba días tardando una eternidad en cargar las páginas, no sé por qué, me acordé de unos versos de Bob Dylan, “When I was in Missouri / they would not let me be / I had to leave there in a hurry / I only saw what they let me see,” me sentía identificado con ellos, no exactamente como en la canción de Roberta Flack, la chica que llega a un pub donde alguien está cantando en el escenario y de repente ve que la canción desvela sus sentimientos, su vida entera, no, a mí no me mataba con suavidad la canción de Dylan, pero me siento identificado, millones de personas , supongo, con las peripecias de su hablante lírico, tomo el término del comentario de Gutierrez Izquierdo a los sonetos de Shakespeare que estoy trabajosamente reproduciendo aquí, en otras casillas, el personaje del que se invisten para escribir, Dylan no es Shakespeare, pero es un término útil, se aplica siempre, pues bien, canturreando eso, “Trying to get heavens (before they close the door)”, cometí un error, vi las palabras equivocadas en mi mente, pronuncie mal “leave” y articulé “live,” “I had to live there in a hurry,” no “tuve que partir de allí de prisa,” si no “tenía que vivir allí de prisa,” uno de los turistas se dió cuenta y asintió, “eso también es verdad,” me pareció que quería decir. Un ejemplo de microrelación. Yo suelo tener microrelaciones negativas, porque también está el caos cuando se encuentran varias personas y se produce como una tormenta, destellos, chispas de comunicación, donde no se impone lo mejor, la opción más amable. O se impone una amabilidad que no me gusta nada. Me gustaría vivir en una sociedad verbalmente articulada, pero es difícil. La televisión parece que transmite basicamente en la mayoría de los programas formas de joder. Los políticos han dejado atrás cualquier secuencia lógica. La izquierda mantiene como única divisa los derechos LGTBI, no me parecen mal, pero son el único punto del programa. Puigdemont, en lugar de pactar con Pedro Sanchez Pérez-Castejon un calendario de reformas, da prioridad a su situación personal, El País es casi como la televisión, visitar su página me hiere tanto como los programas de televisión, no es que el New York Times sea Harvard, pero su maquetación no duele. Vaya, me veo envuelto en microrelaciones que no me gustan.

Otro paradigma es el de la mente comunal. Me habló de él, se lo oí mencionar brevemente una noche que tomamos una cerveza, Ramón Fernandez, el traductor al gallego del “Guardian en el centeno,” de Salinger: ¿Y si la mente no estuviera en nosotros, si no “entre” nosotros? E hizo un gesto en el aire. Pero la mente no está siempre “entre” nosotros, hay veces que parece haber más “mente” que otras, la idea tal cual me parece que presenta lagunas.

Sí creo que somos conejillos de indias de los medios, y que estos sí influyen en nuestra mente, dondequiera que esta se sitúe. Y que una cantidad alarmante de gente tiene como un disco rallado en el lugar del cerebro.

En fin, a veces también me parece que tengo el wifi hackeado. Igual la mente comunal es eso.

Cito cosas pasadas de moda, una búsqueda en internet me revela que lo que se entiende ahora por microrelacion son amores cortos. No uso el término en ese sentido.

Published by Fernando Santamaría Lozano

Barely a life, no bio.

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