Ayer nos trajeron del albergue una gatita de algo menos de dos meses. Aún no tiene nombre. Cabe en la palma de la mano, pero es curiosa, se mueve con rapidez. Es negra y blanca, con una mancha o antifaz negro que le tapa los ojos y las orejas, y el hocico blanco. La convivencia con Jordan es rara. La gatita se le acerca y ha hecho un par de conatos de darle un beso, alargar el cuello, poner brevemente en contacto los hocicos, pero Jordan acaba alejándose y se echa en el suelo un poco lejos, como petrificado. Incluso cosas que hacía bien, como acicalarse con el sobreentendido de “estoy bien enseñado, soy un gato bueno” parece que le salen mal. Me da miedo hacerle daño, me gustaría poder penetrar en su mente, “talk him out of every fear,” despejar, hablándole, sus temores. No es algo que sienta hacia ningún ser humano.

