Petrarca fue extraordinariamente famoso en vida. A veces la fama podía convertirse en una realidad angustiosa; no había dónde refugiarse, ni en la casa ni en la calle, todos lo conocen, lo leen, lo juzgan. Como escribe en el De Vita solitaria: “Iam neque res integra neque silentio liberum est latere. Iam noscimur, legimur, iudicamur, iamque hominum voces evadendi celandique ingenium nulla spes, et seu prodeuntibus in publicum seu domi sedentibus apparendum est.”
Consciente de esto, se esforzaba por apuntalar su mensaje con una imagen de su vida
Incluso las numerosas anotaciones con que marca sus libros parecen hechas con la mirada puesta en una posteridad destinada a leerlas.
La anotación más famosa el obituario de Laura, está inscrita en las guardas de un códice de Virgilio que se conserva en la Biblioteca Ambrosiana, un lugar donde sabía que sería leído y escudriñado.
Está también obsesionado por las fechas, por datar en el tiempo los momentos. Anota incluso los trabajos que acomete como horticultor, jugando habitualmente con los valores simbólicos del laurel y los olivos (la gloria poética y la sabiduría). También aquí piensa en testigos.
Practica con habilidad un sistema óptimo para difundir una obra y unas ideas: asociarlas a una imagen atractiva del autor.
